jueves, 7 de marzo de 2013

b. Matar al mimo


A cinco cuadras de la estación de tren queda mi casa. Monoambiente, luminoso, monoambiente. Conmigo viven las facturas de los servicios que se empecinan en que las levante del suelo, junto a la ropa sucia y el polvillo que entra por la ventana. A pesar de que la luz sea lo que más abunda, no suele ser un ambiente fresco, saludable. Cinco cuadras. Siempre las mismas veredas, las mismas persianas bajas y altas. Mientras esperaba que el semáforo me dé luz verde para avanzar, se cruzó delante de mí una mujer. Una chica. A medida que pasa el tiempo presto atención a detalles que antes los pasaba por alto. 7.15 am los jumpers copan la parada y se adueñan de las miradas. Comencé a imaginarla en mi monoambiente, en mi camacocinaliving. Como esos lentes diminutos quedarían sobre mi mesa, como caería sobre el parqué la carpeta número 5, como desataría los cordones de zapatos ya gastados, como quitaría el mismo uniforme usado el año anterior, como la vincha quedaría durmiendo entre mi almohada y ella, como su cuerpo frágil se taparía pudoroso con las sabanas, como las medias quedarían a media asta, como sus dedos avanzarían hasta el encuentro con los míos, como sus muslos temblarían ante el recorrido de mi lengua por su cuello, como los gemidos se multiplicarían en el recinto, como su pelo se despeinaría, como sus ojos mirarían asombrado mi sexo, como su boca confesaría la travesura a las compañeras de grado y como perdí el tren delante de mi nariz, el mismo tren de todos los días.

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