martes, 12 de marzo de 2013

d. Matar al mimo


Dentro del ascensor, frente al espejo me quito las gotas de sudor de la cara y el cuello. Intento bajar las palpitaciones, respirar profundo, lento, para que no sospechen lo sucedido, que no haya signos de mi corrida. Un mismo saludo para todos los compañeros de trabajo. Mi presencia pasa inadvertida. Oraciones unimembres brotan de mi boca. Cada mañana el mismo deseo de abandonar este empleo, buscar algo mejor, algo que tenga que ver conmigo. En ese punto se detiene el deseo, se traba, no encuentra el rumbo y sigo con la rutina laboral. Cantidad de papeles que son pasados a la computadora para que vuelvan a ser papeles un tiempo después, siempre el mismo ciclo. Soy el más joven del lugar, observado por mis colegas que anhelan tener mi edad para levantarse y abandonar estas malditas sillas. Pero ya son años revolviendo la misma taza de café, completando el claringrilla a escondidas, cerrando el paquete de galletitas para que no le entre humedad. Llevan décadas de aguinaldo, vacaciones, de abonos de tren, pomada de zapatos y nudos de corbata. Anclas. La aguja estaciona en el mismo número cada mediodía. Algunos almuerzan adentro, yo prefiero hacerlo afuera, mentirme por un rato que esa no es mi vida.

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