martes, 16 de abril de 2013

5. Matar al mimo


A los juguetes siempre debía ordenarlos en sus correspondientes cajas rotuladas y de diferentes colores. No salían de casa, no descubrieron el cielo. Nunca entró mi papa a la habitación. Del bingo al baño y a su dormitorio. No conocía mi hábitat, no le importaba el mundo que podía construir con dos muñecos y una soga. Siempre la televisión o su ausencia acaparaban la escena. Mientras tanto mi mama hacia lo imposible por no quedar mal en sus quehaceres domésticos. Innovaba con recetas modernas, probaba alguna recomendación culinaria que le había comentado una vecina. Arriba del mantel servía sus intentos y frustraciones. Siempre a la espera de una devolución que nunca llegaba. Cenas en silencio. La comida costaba tragarla, raspaba la garganta cada bocado. De ahí deriva mi manía por masticar decena de veces lo que como. Líquidos entran los alimentos que consumo. Nunca los vi besarse delante mío, nunca se refirió a mi mama de manera afectuosa, siempre se dirigía a ella por su nombre, un enfático y seco Emilia. Cambiaba un poco su actitud cuando había algún tipo de evento familiar. Ahí él se soltaba y dejaba que su brazo le rodeara la cintura a ella. Hasta recuerdo que más de una vez en esas reuniones, tenía el tic de acariciarme la cabeza, recorrer su geografía. Se lo notaba animado y no era pose. Algo que nunca supe que, activaba un mecanismo poca habitual en su accionar. Eran breves esos  momentos. Cortos. Con que poco nos conformábamos mi mama y yo. El roce de su mano sobre mi pelo, quería que durara horas esa caricia. Nunca entendió lo que me hacía falta. Soy la esquirla de la bomba del pasado. 

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