jueves, 18 de abril de 2013

6. Matar al mimo


Había un espejo grande en el pasillo del departamento. Delante de él pasaba todas las mañanas para ir al colegio. También desfilaban los soliloquios de mi papa ante una mala nota, ante mis zapatillas desperdigadas por  todos los rincones de la casa, la puerta abierta de la heladera, las contestaciones a mi mama, mis pies descalzos, el encendido del televisor, el rellenado de la jarra de jugo, el lavado de la taza de café, el orden de la habitación, la ropa sucia, mi andar desalineado, las noches de desvelo, su pedido de que me duerma y su reclamo para que estudie. Directivas. Rígido. Disco. Se tornaba una tarea humanitaria escucharlo repetir todo más de una vez. No se cansaba del mismo relato. Estaba chipeado para mantener un discurso monótono por varios minutos seguidos. Maldijo cuando dejo ser obligatorio el servicio militar. Nunca paro de vociferar lo bien que me hubiese hecho hacerlo. Yo le retrucaba que no le vendría nada mal,  empezar por estar más en casa. Oportunamente aparecía mi mama para poner un freno a la discusión y mandarme a mi cuarto, con el grito enfermizo de fondo mi papa despotricando contra toda mi humanidad, mis caprichos y ante mi supuesta pedantería. Antes de irse a dormir, sigiloso se paraba detrás de la puerta de mi habitación y desafiándome decía: “Marica. Que descanses”. Escondidos. Él atrás de la puerta, yo debajo de las sabanas. 10 años tenía para ese entonces. 

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