jueves, 25 de abril de 2013

8. Matar al mimo


La primera revelación, la inútil explicación: la muerte. La carne blanca y fría, la boca cerrada al igual que sus ojos. Las manos sobre la panza como quien sufre un fuerte dolor abdominal. La ropa aun puesta. El sol que se filtra por debajo de la puerta, rebotando en la camilla metalizada donde descansa el cuerpo sin ánima. Nada queda, hasta la vida vence. Las anécdotas sobre promotoras decía que me las guardaba para cuando yo creciera. Nunca llego a contármelas. Mi tío Octavio murió de un paro cardiaco 20 minutos antes de que finalice la carrera que se disputaba en comodoro Rivadavia. Su piloto preferido fue al velorio y desplego sobre el ataúd la bandera de Ford. Un mar amarillo formaba la caravana de taxis con las luces bajas que acompañaban el féretro hasta el cementerio, ese día no habría trasnoche en la estación de servicio. Todos alrededor de la fosa donde los gusanos esperaban hambrientos comenzar su trabajo. Reciclar. Despacio bajan el cajón, evitando que se golpee como si todavía existiese la posibilidad de que el cuerpo sienta dolor. Toca el suelo, suben las sogas. Los llantos y gritos aparecen en el mismo momento que la tierra es arrojada. Pedazos grande, pequeños, nadie queda sin tirar, todos quieren taparlo. Esto es más o menos lo que me conto mi mama. Nunca vi su cuerpo, nunca estuve en el velorio, nunca fui al entierro, nunca visite su tumba.

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