domingo, 24 de marzo de 2013

h. Matar al mimo


Donde el rio alcanza al mar, donde todo se mezcla y se confunde, donde los colores empiezan a fusionarse y la fauna abisal cruzan la frontera, ahí mismo me encuentro. Abombado y aturdido por la profundidad en la que estoy, mi cuerpo flota entre el suelo y la superficie. Levita. La distancia que tengo para sacar la cabeza fuera del agua es la misma que hay hasta tocar el suelo barroso. Entre la turbidez llego a ver algún que otro animal, peces de diferentes tamaños, texturas e intenciones. Mi indecisión sobre si salir o quedarme sumergido hace que estos se me acerquen. Tímidos posan su boca sobre mis carnes podridas. Van de a poco, con la minuciosidad de antiguos relojeros, devorándome, y a su vez lo hacen entre ellos. Comen y son comidos. Hambrientos exhiben sus mandíbulas, decenas de agujas entran y salen. Por momentos lo disfruto, una leve excitación recorre por mi espalda erizándome los pelos bajo el agua. Caen anclas cerca mío alejando el cardumen carnívoro. Al enterrarse ciento de recuerdos comenzaron a flotar: el primer beso que me dio, la primera vez que me toco y la única vez que llore, entre otros. Caigo al fondo con lo que resta de mí cuerpo, vomitando aire que se pierde en las alturas iluminada por un sol que no veo. No llega a ser una cueva lo que distingo, sino más bien un refugio. Me acerco, despacio, como suceden las cosas en el fondo del agua. Una vez más mis muertos, sentados en ronda, uno al lado del otro. Esta vez no pronunciaron ni una sola palabra, solo me miraron y temblaron de terror, como solía hacer yo ante cada embestida.

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